No todos los árboles mueren de pie

 Por Sonia Novello

“Qué sería del viento sin el árbol que lo llena de manos y caricias.”

Julio Cortázar, habitante del barrio de Agronomía hasta afincarse en Francia.

 

Arbre, Claude Monet

Al llegar al barrio, mi barrio, doblé por la cuadra habitual para llegar a casa, pero por un instante dudé. ¿Había girado bien? Sí, efectivamente, era mi cuadra. Es que me desorientó el sol incandescente del mediodía estival abrasando la vereda donde solía haber sombra.

Y ahí lo vi, en medio de la vereda: un pozo recientemente, brutalmente removido. La tierra negra, aún fresca, a la vista, restos de raíces aún estremecidas por el ensañamiento -inevitable, supongo- con la que fue arrancado el tronco. ¿Cómo lo hicieron? Parecía arrancado de cuajo, pese a su enorme tamaño. Habían extraído el árbol más ancho del mundo. (De mi mundo, al menos).

El cuerpo del árbol ya no estaba. Ni mutilado ni tirado. Las ramas en el suelo y las hojas aún brillantes exhalando vida, acaso sin saber que empezaban a morir.

No era un árbol originario de la región, era un paraíso (ay, perdido) de más o menos  15  metros de altura, tan ancho que para abrazarlo se habrían necesitado al menos  dos personas con los brazos abiertos.

Los pliegues en relieve resquebrajados de su corteza eran profundos, interrumpidos cada tanto por pequeñas cuevas que albergaron seguramente materias vivas, o que lo fueron.

En primavera explotaba de sus clásicas flores lilas perfumadas; asimismo, entre las hojas podían aparecer frutos pequeños con forma de bolitas, que -según se dice- bien utilizados podrían servir como repelente de mosquitos y hormigas (aunque, siempre se supo, fatales para la ingesta humana). En verano recibía visitas asiduas de mariposas y brindaba una amplia alfombra de sombra bajo la copa ancha y tupida. En otoño, sus hojas en tonos ocres y dorados, ya caídas sobre la vereda, danzaban en repentinos oleajes a merced de la brisa o el viento, o de niños que jugaban a pisarlas para escuchar su crujir.

Para mí, pasar por su cercanía era experimentar algo muy especial; como estar frente a un monumento sagrado o un altar, algo de esa emoción teñida de reverencia.

¿Cuántos años le habría llevado crecer? ¿Cuántos anillos contaría el interior de su tronco? ¿Cuántos ríos de savia lo habrán nutrido? ¿Cuántos gatos treparon por sus ramas? ¿A cuántos pájaros habrá refugiado? ¿Cuántos otoños lo desnudaron y cuántas primaveras lo vistieron? ¿Cuántas generaciones de vecinos habrá conocido? ¿De cuántas escenas diferentes habrá sido testigo?

Pero en la cuadra, al parecer, no hubo lugar para cuestionamientos. Más bien se pronunciaron sentencias: “podría atraer ratas”, “ensucia la vereda”, “se puede esconder alguien detrás para asaltar a alguien que pasa”, “¿y si se caía y hacía daño?”, “era muy viejo”…

En otra oportunidad, me resultó doloroso cuando un vecino sacó un árbol de la vereda de su casa con el fin de tener su lugar ¡para su auto! Sí: para subir su auto a la vereda y garantizarse siempre estacionamiento propio. Esto funcionó como acuerdo tácito entre otros vecinos que, con total impunidad, imitaron la prepotente, destructiva acción.

Tipas, palos borrachos, ficus, robles, liquidámbares, plátanos, sauces, acacias, paraísos, jacarandás son algunos de los árboles que embellecen el barrio de Agronomía.

Todavía se respira algo de la ya menoscabada identidad barrial: el Club Comunicaciones, las avenidas con algunos pequeños, viejos comercios, las facultades de Agronomía y Veterinarias, con sus parques y caminos arbolados que convocan al alumnado, a vecinos y gente de otras zonas y de todas las edades, para caminatas, paseos o simplemente para oxigenarse y disfrutar del benéfico verde y ese estimulante aire puro.

Es que hasta hace unos años, al bajar del tren y resoplar luego del trajín del día, nada más adentrarse en las calles tranquilas ya daba la sensación de haber llegado a casa mucho antes de abrir la puerta del propio hogar: las calles con adoquines, las casas bajas, algunos frentes más sofisticados que otros, alguna que otra puerta rudimentaria, otras imponentes con llamadores, las veredas anchas. Muchas con césped que en su mayoría proveían del calorcito del sol en invierno y de la sombra fresca en verano gracias a los añejos y exuberantes árboles.

Hoy en día las sombras gigantes sobre las veredas las brindan los edificios que brotan invasivos en esquinas, a mitad de cuadra, avanzando en cada manzana.

Sin título, Rothko

En los últimos tiempos se han tirado casas antiguas hermosas con frentes con molduras. Por lo menos, dos por cuadra. Y en su lugar se levantan dúplex de gusto dudoso; los nuevos edificios, cada vez más grandes se van llevando el espíritu de barrio. Árboles también se han perdido, aunque hay que reconocer que también se han ido plantando algunos. Lo que sí se arrebató es la uniformidad de árboles en las cuadras. Antes había una toda con plátanos, otra con fresnos y así, un paisaje que cambió. Por supuesto hay personas que cuidan el árbol de su vereda y otras a las que les molesta …”, me resume un vecino de Agronomía no sin nostalgia, habitante del barrio hace más de cuarenta años.

Hoy llegando a la esquina, doblo para llegar a casa y donde estaba el árbol más ancho de mi mundo hay baldosas cuadradas prolijamente dispuestas, de deprimente color gris.

Los patios y terrazas de las pocas casas viejas que quedan en la cuadra y en el barrio tienen cada vez más sombra, pero por causa de los edificios que van brotando sin permiso alrededor.

Y desde esas terrazas y esos patios se ven cada vez menos copas de árboles. Menos cielo. Menos pájaros.