Animal de compañía

 

León Spillaert, Caperucita en el bosque

Por Mara Martínez

Las mujeres aprendimos a vivir con el miedo, que no es lo mismo que vivir con miedo. El mundo es un agresor, un violento, un violador, que está todo el tiempo agazapado, esperándonos. Nunca sabemos qué día puede ser nuestro día fatal, pero sabemos que va a llegar tarde o temprano. Esperamos tener suerte, que a lo mejor no nos pase, y que si nos pasa, sea leve. Que salgamos vivas de esa, que salgamos enteras, que podamos contarla. Que, en el peor de los casos, sobrevivamos y encontremos la manera de superar el trauma.

Pero no sabemos, y esa incertidumbre es un engranaje más del vivir con el miedo.

Todos los días vas a la escuela en el mismo colectivo 29, con tu uniforme verde largo, tu mochila y tus 13 años. Pero uno de esos “todos los días”, un pibe de unos veinte años se te sienta al lado en el colectivo vacío, se abre el pantalón y se empieza a tocar. No entendés. Sí entendés, pero sin entender del todo. No sabés qué hacer. Nadie hace nada. Nadie dice nada. Hay poca gente en el bondi, pero no está completamente vacío. Después de segundos infinitos, con el silencio del horror, juntás fuerzas no sabés de dónde para levantarte y te cambiás de asiento, a uno de los de uno. Él también. Nadie dice nada. Nadie hace nada. Mirás por la ventana sin ver la oscuridad de la ciudad a las siete de la mañana en pleno invierno. Y el día sigue. Vas a la escuela, estás en clase, no se lo contás a nadie, las horas pasan. Aprendés a seguir viviendo más allá de eso. De que el mundo no se detuvo, de que nadie te defendió ni te cuidó, de que los hombres siguen haciendo esas cosas, de que no hay forma de volver atrás o de hacer de cuenta de que eso no pasó. No es trauma, es adoctrinamiento. Es una forma más en la que te adiestran desde la violencia y el terror, y no hay manera zafar. Entendés que sos un blanco fácil y siempre estás en peligro potencial, independientemente de lo que hagas. Ni siquiera quedarte encerrada en tu casa es una protección.

Tenés 30 años y un compañero de trabajo, que te cae bastante mal porque es un misógino de mierda, te acosa. Te manda una serie de mensajes subidos de tono que te descomponen físicamente y te dan ganas de vomitar. Sentís que se te erizan los pelos en todo el cuerpo, te das cuenta de que estás en peligro. Te defendés como podés. Respondés diciendo algo sobre tu pareja, que hace que el otro redoble su apuesta. Le contás a tu pareja, que se enoja. No entiende las tretas del débil, piensa que te la tendrías que haber bancado y lo tendrías que haber mandado a la mierda. No te apoya, y te sentís sola, y te sentís mala feminista, y tenés miedo y dolor. No se da cuenta de que vos tenés que ir a trabajar con esa persona. No se da cuenta de que no lo podés denunciar, porque entonces la que va a ser analizada de pies a cabeza sos vos. Que de alguna manera va a ser tu culpa que él te haya mandado el mensaje, que vos no sos ninguna santa, que él está pasando por un momento difícil en su vida y vos venís con estos planteos y le podés cagar la carrera, el trabajo.  

No puedo recordar la primera vez que me dijeron algo en la calle, ni la primera vez que me tocaron el culo en el bondi, ni todas las veces que los hombres me presionaron, que mintieron sobre mí, que me hicieron sentir que mi forma de ser, mi manera de vestirme, mi cuerpo era algo sobre lo que ellos podían opinar, decidir y operar a su antojo.

Y aprendí a vivir con eso, como todas las mujeres. Porque por más que cargamos para siempre con esos horrores, nos hacemos amigas de nuestro miedo. Como dice un discurso de un personaje de La casa de papel en un video que se hizo viral hace un tiempo, agarramos al miedo de la mano y salimos a la calle. Se nos vuelve un animal de compañía. A veces hasta nos ayuda, aunque casi siempre nos hace sufrir. Pero también aprendemos a manejar ese sufrimiento, a bajarle el volumen al grito desgarrador que se nos escapa por los poros y que viene de los músculos, de los huesos, de la sangre, de lo más profundo de nuestras entrañas. Ese dolor es más manso que el miedo, y podemos abrazarlo. Dejarle un lugar en el corazón para que se acomode. Él trata de hacerse chiquito como para no molestar del todo, apenas lo suficiente para hacerse notar. A veces lo dejamos salir un rato, expresarse todo lo que quiera. Gritar, llorar, arañarse la piel. Le hace bien. Se calma. Nos calma.

Y todos los 8 de marzo lo agarramos de la mano y salimos a la calle.