Por Marina Soto
Cuando el peso del mundo -el general y el particular- se hace
insoportable, nos queda siempre el refugio, la protección de creaciones
artísticas. A veces tiene que ver con vivir al extremo el dolor que nos asalta
para, al menos, sabernos menos en soledad en nuestro sufrir. A veces,
sencillamente se trata de escaparnos a universos fantásticos y hacer un corte
total con la vida real durante ese lapso.
Y a veces, dichosamente, podemos hacer las dos al mismo tiempo.
Con
agotamiento en lo físico y lo moral -el tango nos da letra también en esta
oportunidad- por causa de la problemática cotidiana y buscando un oasis
que me es muy familiar, me entregué sin reservas a las casi tres horas de Wicked. Originalmente una novela
de Gregory Maguire publicada en 1995, Wicked
es una reinvención de El Maravilloso
Mago de Oz de L. Frank Baum, y de su versión cinematográfica de 1939. Narra
la historia de la Bruja Mala del Oeste, pensándola como una rebelde que decide
defender sus ideales y que se transforma en el chivo expiatorio de un gobierno
que en realidad está buscando oprimir a un sector de la sociedad. Como dicen en
un momento de la película, no hay nada mejor que inventar un enemigo en común
para unir a la gente (no sé si les suena...). El libro utiliza la tierra de Oz
para reflexionar sobre la naturaleza de la maldad, la persecución de las
minorías, y la manipulación de los ciudadanos a través de la propaganda
política, entre otras artimañas.
En el
caso del libro de Maguire, donde se cuenta una suerte de “precuela” de cómo la
Bruja Mala del Oeste llega a ser tal, y el resto de la historia del Mago de Oz
desde su perspectiva, también hay elementos (personajes, situaciones) que
claramente tendrán su rol en la historia de Dorothy (evitemos los espoilers,
aunque quienes hayan leído a Baum y visto la película del ’39 podrían
reconocerlos fácilmente).
Otra
cosa que conecta todas estas realizaciones es el rol de las mujeres en la
historia. En una excelente
charla de Ted de 2012 que no pierde actualidad, Colin
Stokes hace un valioso análisis sobre el personaje de Dorothy y resalta de qué
modo, a diferencia de lo que sucede con las películas que tienen como objetivo
a un público de varones, ella logra triunfar en su aventura a partir de las
amistades que generó. Dorothy, señala, es una líder que entiende la importancia
de lo grupal y de ayudarnos unos a otros para poder obtener no solo un
propósito en común, sino también nuestros propios objetivos individuales. Más
aún, relacionando el film con el test de Bechdel, Stokes destaca en qué medida
la película tiene mujeres buenas, mujeres malas, todas ellas personajes
multidimensionales. Y si bien él se basa particularmente en el film, esto es
cierto también en la novela de 1900. Y no solo eso, sino que, si bien es cierto
que las Brujas Malas del Este y el Oeste son claras villanas, el peor de los
personajes no es otro que el Mago, que es un ilusionista que llegó al poder a
través de mentiras, y que manipula a Dorothy (que, recordemos, en la novela
original no es sino una niña, y en la película ya está entrando en la adolescencia)
para que haga el trabajo sucio que él no puede hacer a cambio de promesas que
no puede cumplir. Y pese a que estas dos versiones no dimensionan del todo el
problema que representa el Mago y lo dejan ir con una palmadita en la espalda y
un “no lo vuelvas a hacer” (consideremos que se trata de dos productos de
su tiempo, escritos y dirigidos por hombres), Maguire aprovecha esta zona narrativa
para hablar de la manipulación llevada a cabo por políticos y otras personas en
el poder.
Estas
facetas (la extensión, la cantidad de referencias) podrían haberle jugado en
contra a la película. Para nada. Está tan, pero tan bien contada, es tan
entretenida y atrapante, las canciones son tan buenas que se pasan los minutos
sin que te des cuenta. Y las asociaciones pueden deleitar a los fans más
regalados (como la que suscribe), pero no molestan en lo más mínimo a quienes
no las pesquen; incluso, tal vez debido a esa “carencia” disfruten
especialmente las sorpresas de la segunda parte.
Si les gustan (o si se les animan) a los musicales, no dejen de verla en cine, porque merece ser mirada en todo su esplendor en la pantalla grande, en rutilante Technicolor.