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Montaña. Crónica de un cáncer, de Florencia Curi y Marianela Müller |
Por Moira Soto
“Iba a
morir tarde o temprano. Mis silencios no me habían protegido. Tampoco las
protegerán a ustedes”: frases muy citadas fuera de contexto que pertenecen
a Los diarios del cáncer, de Audre Lorde. Figura crucial del
feminismo de la Segunda Ola, “negra-lesbiana-madre-poeta-guerrera”, como le
gustaba definirse. Defensora de los derechos civiles de los afronorteamericanos
y exploradora de la identidad femenina negra, Lorde empezó a hacer anotaciones en
1978, cuando recibió el diagnóstico de cáncer de seno. Un muy fuerte testimonio
esos Diarios donde se interroga, entre otros temas, sobre la
relación entre enfermedad y el estatus de las mujeres. Audre, rodeada del amor
de su pareja de entonces y de sus amigas, eligió la ablación después de
estudiar todas las chances y consecuencias de distintos tratamientos,
manteniendo siempre el derecho a la autodeterminación como paciente. Y se negó
a disimular su pecho faltante recurriendo a una prótesis. La peleó sin
descanso, sin parar sus actividades hasta fines de 1992. Antes de morir fue
bautizada en una ceremonia africana con el nombre de Gamba Adisa -la guerrera
que se hace escuchar-.
Las
mujeres, más afectadas en la ficción
Un
repaso rápido y un tanto azaroso permite comprobar que el cáncer -aunque
presente ya en tiempos pretéritos de Hipócrates- se demora en aparecer en la
literatura, el teatro, el cine. Y cuando lo hace, se lo ofrece sin el halo romántico
que suele rodear a la tuberculosis. Para muestra, dos ficciones del siglo XIX,
luego llevadas a la ópera con gran suceso: Escenas de la vida
bohemia, de Henri Muger, versionada líricamente en La bohème,
de Puccini, 1896; y La dama de las camelias (1852),
de Alejandro Dumas convertida en archipopular ópera por Verdi y su libretista
Piave. Dos chicas tuberculosas de buen corazón pero de vida galante, Mimí y
Violetta, que se mueren cantado. También llevada al teatro y al cine -la mejor,
la suprema Garbo-, La dama... encontró una variación
sensiblera aggiornada en 1970, en Love Story, que proponía una
leucemia fulminante de la protagonista pobre mas decente -exaltada por Ali
McGraw- que se casa con chico rico que desobedece a su padre millonario,
etcétera. Con más de 50 años, este film basado en el best-seller de Boris Segal
sigue empapando pañuelos desde plataformas, y hay quienes se atreven a
repetir su lema: “Amar es nunca tener que pedir perdón...”.
Una
pionera sin demagogia y con genialidad, Agnès Varda narró en tiempo real la
ansiosa espera del resultado de los análisis de una cantante girando por París
en la pieza maestra Cléo de 5 a 7. Otra directora,
Isabel Coixet, trató delicadamente el tema del cáncer en una etapa avanzada en
dos films muy logrados: Mi vida sin mí (2003) con la
maravillosa Sarah Polley, joven trabajadora con dos hijos que ante el
diagnóstico que le anuncia tres meses de vida, elige emplear ese tiempo en
cumplir varios deseos, en vez de hacer un tratamiento inconducente; y en Elegy,
2008, sobre novela de Philip Roth, otra notable intérprete, Penélope Cruz,
encarna a la novia de un maduro profesor que la acompañará en los tramos
finales de su cáncer de mama. Y ya que estamos entre actrices estupendas, bien
vale nombrar a la Debra Winger de Tierra de sombras (1993),
enamorada de otro académico (Anthony Hopkins), ella tomada por la misma
enfermedad. Un film altamente conmovedor basado en el hermoso libro
autobiográfico de CS Lewis Una pena observada.
Entre la
minoría masculina de personajes arrasados por el cáncer en otras zonas del
cuerpo en el cine del siglo XX, cómo no mencionar al protagonista de Vivir (1952)
de Kurosawa, un funcionario mediocre que se abandona frente a al pronóstico de
escasos meses de vida, pero reacciona cuando se compromete con una misión que
sabe que va a mejorar la vida de muchos niños. Y un año antes, Robert Bresson
presentaba la mística Diario de un cura de campaña donde un
joven sacerdote muy enfermo lucha contra sus dudas sobre la fe para finalmente
aceptar la voluntad de Dios y confiar en que “todo es gracia”. Y dos más por el
mismo precio: el personaje masculino de Las invasiones
bárbaras (2003), de Denis Arcand, que opta por la eutanasia cuando ya
no quedan esperanzas, y el inolvidable viejo, chinchudo por fuera pero tierno y
justiciero por dentro, de Gran Torino (2008), de Clint
Eastwood.
Una
trinidad para hacer la crónica de esta Montaña
Además
de un coro familiar afectuoso y solidario, se necesitaban tres cariátides para
sublimar a través de palabras e imágenes esa plétora de emociones que trae
consigo un diagnóstico de cáncer de mama a los 35, las vicisitudes de una
cirugía, la quimio y sus consecuencias... Tenemos en primera instancia a una
protagonista indiscutida, Florencia Curi, la que puso -a su pesar- el cuerpo,
la que sintió el miedo en carne propia, la que tomó la pluma que la elevaría
por encima de una montaña de emociones. Una chica de Chajarí, Entre Ríos,
licenciada en realización de cine, fotógrafa profesional, ganadora de
concursos, llena de proyectos, autora del corto Mujer de tierra y
de los guiones de los largos Soñando a Madame Editha y Paloma
y Dora. Ella, que se abraza ahora con sonrisa de pura felicidad al libro Montaña.
Crónica de un cáncer, responde más abajo a las preguntas de Damiselas en apuros.
Florencia
tuvo dos coprotagonistas imprescindibles en esta gesta, amigas de fierro con
las que comparte ideario y visión del mundo, compañeras de estudios, dispuestas
a poner los dos hombros en lo que hiciera falta. Y lo que hacía falta, más allá
de la cercanía, los mimos, el incentivo, era precisamente concebir, diseñar,
escribir, dibujar, editar un libro sobre esta contingencia del destino.
Marianela
Müller, creadora de las imágenes del libro, es gestora cultural, ilustradora
mediante acuarelas y otros recursos, especializada en literatura infantil y
juvenil, becada por el Fondo Nacional de las Artes por su proyecto de juegos
Criaturas Mágicas, Personajes e Historias para Armar. Y Maite Diorio era
justo la figura que faltaba para completar este plan: editora, licenciada en
cine, productora, asistente de dirección en films de animación, de ficción,
documentales.
Entonces,
con Flor encabezando naturalmente el elenco, el terceto hizo este camino de
aprendizaje, de maduración, de rescate. Un recorrido sobre el que Florencia
Curi aporta su sincero testimonio a continuación.
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Florencia Curi |
-Antes
del diagnóstico, nunca había imaginado que algo así podía sucederme. Siempre lo
veía como una posibilidad lejos de mí, algo que les ocurría a otras personas.
Pero cuando llegó, lo primero que me pregunté fue: ¿Por qué a mí no? Finalmente
¿por qué yo iba a ser la excepción?
¿Qué
respuesta encontraste?
-Esa
pregunta abrió un sinfín de reflexiones. Me cuestioné mucho sobre mi vida: si
estaba conforme con las decisiones que había tomado, si realmente había elegido
lo que deseaba profundamente. Y sí, al principio lo sentí como una injusticia.
En esas situaciones extremas, donde la vida y la muerte están en juego, solemos
ser muy crueles con nosotros mismos. Nos preguntamos si lo merecemos o no, como
si hubiera una lógica detrás de una enfermedad. Pero ¿qué significa realmente “merecerlo”?
¿Qué tan responsables somos de algo como el cáncer?
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Montaña. Crónica de un cáncer |
-Durante
el tratamiento, lo que más me dolía era no poder tener una vida cotidiana como
los demás. Envidiaba las cosas simples: salir sin preocupaciones, sentirme
sana. Todo eso que a menudo damos por sentado, se convirtió en mi mayor
ambición. Estar sana era lo único que deseaba. Y ahí entendí que, más allá de
culpas o justificaciones, lo importante era aprender a transitar ese camino en
pos de la curación.
La
decisión, el gesto de empezar a escribir ¿ya comenzó a transformar tu
ánimo, tu enfoque? ¿Se te despertaron otras motivaciones?
-Definitivamente,
escribir marcó un antes y un después. Fue una acción poderosa, como una forma
de recuperar el control en medio del caos. Me permitió transformar el dolor en
algo tangible, darle un sentido a lo que estaba viviendo. Escribir no solo me
ayudó a procesar lo que sentía, sino que también me conectó con otras personas
y sus historias, experiencia que me hizo sentir mejor, como si estuviera canalizando
todo de una manera constructiva.
Había
otro proyecto en tu vida, además de recuperar la salud...
-Escribir
me puso una meta. Me ayudó a focalizarme en un después, a imaginar
un futuro más allá del presente que estaba atravesando. Fue una guía para mirar
hacia adelante, un recordatorio de que había algo por lo que valía la pena
seguir luchando. No era solo ponerle palabras al dolor, sino también abrir una
puerta a la creatividad, a la posibilidad de que algo bello surgiera incluso en
los momentos más difíciles.
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Montaña. Crónica de un cáncer |
-El
sentido del humor siempre ha sido parte de mi personalidad. Tengo un humor
ácido desde que era niña, es un rasgo que forma parte de mi carácter. Los que
me conocen bien saben que vengo con ese plus, y me aceptan tal cual soy. Soy
capaz de hacer chistes de casi cualquier cosa. Con la enfermedad, el tono
de mi acidez se intensificó, tal vez como una manera de fortalecerme frente a
la situación. Al principio no lo veía tan claro, pero con el tiempo me di
cuenta de que mi humor ya no era tan gracioso para todo el mundo. Sin embargo,
para mí era una forma de desdramatizar, de salir un poco del drama, de que
dejaran de mirarme con lástima. Lo usaba para sacar a la gente de su eje, para
romper el hielo. Claro, hay momentos dramáticos donde el chiste no tiene
cabida, y ahí también aprendí a respetar el silencio. No es algo planeado ni
programado, no es que diga “ahora voy a meter un chiste”. Simplemente me sale
de manera natural, un enfoque para quitar solemnidad, para reírme de mí misma y
así sobrellevar las contingencias de la vida. Esa mirada humorística siempre me
ayudó a hacer que las cosas resultaran más livianas, a aligerar un poco el peso
de la situación.
El haber
desarrollado guiones de cine, tener proyectos en este arte ¿te sumó a la hora de ponerte a escribir tu non
fiction? Que además se completaría con la gráfica de Marianela Müller. ¿Dirías que fueron tal
para cual en el trayecto?
-Haber
trabajado en guiones y proyectos cinematográficos fue una ventaja clave para
escribir Montaña. Crónica de un cáncer. Desde el
principio, el libro fue concebido como una novela ilustrada, una combinación de
texto e imagen, un procedimiento que para quienes venimos del ámbito
audiovisual resulta más natural de desarrollar. Esto facilitó pensar los
capítulos como unidades narrativas que integran palabras e ilustraciones con su
propia lógica y simbolismo. Y en este camino, Marianela Müller y yo
logramos una conexión creativa esencial. Su gráfica complementa el texto,
añadiendo un lenguaje visual cargado de significado. Pero además de Marianela,
el aporte de nuestra editora, Maite Diorio, fue crucial. Las tres formamos un
equipo colaborativo donde cada decisión se tomó en conjunto, en un diálogo
constante que correspondía la delicadeza del tema. El libro no busca ofrecer
recetas ni respuestas, sino ser un compañero que invite a reflexionar y permita
a la lectora, al lector sentirse acompañados en su propia experiencia.
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Montaña. Crónica de un cáncer |
-Mis
proyectos de largometraje, como Soñando a Madame Editah y Paloma
y Dora, son guiones cuya escritura parte desde una perspectiva de género,
algo que siempre está presente en mis trabajos. Me interesa construir historias
que no solo sean narrativas interesantes, sino que también aporten a
visibilizar experiencias y problemáticas vinculadas con la identidad, las
emociones y las relaciones humanas. Soñando a Madame Editah aborda
la historia de Roberto, un hombre de pueblo que sueña con ser drag queen. La
trama utiliza el humor como herramienta para explorar su transformación
personal y mostrar cómo su decisión impacta en su entorno. Es un guion que
escribimos en conjunto con Maite Diorio, que combina sensibilidad, comedia y
crítica social, mostrando personajes con matices y vulnerabilidades,
especialmente en un contexto de pequeña comunidad donde las expectativas
sociales son fuertes. Por otro lado, Paloma y Dora es
una road movie que escribimos junto a Santiago Diorio del Prado y se centra en
la relación entre una mujer trans de 75 años y una adolescente, explorando la
complejidad de los vínculos desde una mirada íntima. Aunque es una historia
diferente, comparte con otros de mis proyectos la intención de destacar
personajes femeninos diversos, potentes abordando temas que inviten a la
reflexión. Ambos guiones aún están en etapa de desarrollo y esperan su
momento para ser llevados a la pantalla, pero representan el tipo de historias
que quiero contar: humanas, inclusivas, atravesadas por una perspectiva que no
solo se refleja en el contenido, sino también la forma en que son pensadas y
construidas.
¿Qué
importancia tuvo la presencia, el sostén de tus amigas en todo el proceso de
recuperar la salud?
-Tener
cerca a mis amigas fue fundamental durante todo el transcurrir del tratamiento.
Ellas estuvieron ahí, sosteniéndome, acompañándome en los momentos más
difíciles. Ese vínculo fue clave, porque me recordó permanentemente que no
estaba sola, incluso en los días más oscuros. Siempre sentí que podía apoyarme
en ellas, que podía contar con su fuerza y su empatía, lo que me ayudó a
enfrentar el miedo y la incertidumbre. Creo que el entorno cercano tiene
un impacto enorme cuando atravesamos esta clase de experiencias. Para mí, el
apoyo de mis amigas y mi familia fue un refugio emocional y una parte esencial
de mi recuperación. Y, a diferencia de esa idea romántica que construyen
algunas películas donde un héroe llega para salvarte, mis verdaderos héroes y
heroínas fueron ellos: mi familia y mis amigos. En ellos descubrí una capacidad
inmensa de hacer cualquier cosa por mí, de sostenerme sin reservas. Su amor y
su cuidado marcaron la diferencia y me hicieron sentir que, a pesar de los
malos momentos, no estaba sola en este brete.