Deseos postergados
Por Guadalupe Treibel
Imaginemos una realidad en la que las personas han
simplificado el idioma al límite, y el lenguaje soez ha ganado tanto terreno
que las palabrotas aparecen hasta en los anuncios. Aquí la metáfora no corre, y
la principal fuente de noticias es un canal de derecha, al que naturalmente el
medioambiente le importa tres rabanitos, pese a que abundan las montañas de
basura y escasea el agua -aquí reemplazada por una especie de Gatorade, que también
se usa para regar cultivos, aunque lógicamente no crezca ni medio tomate-. Suena
familiar en buena medida, y no precisamente por la comedia negra que planteaba
semejante escenario; o sea, Idiocracy,
de 2006, firmado por Mike Judge, el creador de Beavis & Butt-Head, que en este film proyectaba un distopía en la
que la gente del futuro no tenía demasiadas luces.
La trama de esta cinta mediana, aunque extrañamente
profética, involucraba a un varón promedio del XXI (Luke Wilson) que era
escogido por el Pentágono para un programa de hibernación súper secreto. Al muchacho
lo olvidaban, y despertaba cinco siglos más tarde en un país tan embrutecido
que, por default, nadie le hacía sombra en inteligencia, ni siquiera quien gobierna
Estados Unidos: un entertainer gritón y popular por actor porno y estrella de
lucha libre.
Ni siquiera Idiocracy, que pintó con brocha gorda un panorama extremo de
estupidez colectiva, osó imaginar cual presidente ¡doblemente electo! a una ex
estrella de reality, mentiroso compulsivo y delincuente condenado por abuso
sexual, con causas pendientes por interferencia electoral y soborno, entre
otros asuntos engorrosos. Un tipo que, para más inri, se negó a admitir su
última derrota, pregonando patrañas que alimentaron la ira extremista de sus adeptos,
alborotadores que -cegados, en religión- tomaran la Casa Blanca en una escena
dantesca.
Y sin embargo, aquí estamos, y ni siquiera hubo
que esperar quinientos años: Donald Trump volverá a comandar Estados Unidos
después de liderar una campaña descaradamente xenófoba, misógina y racista,
venciendo -por segunda vez en ocho años- a una mujer calificada; esta vez,
Kamala Harris, hija de inmigrantes y funcionaria pública de carrera que, como
expresa el Washington Post, “siempre ha combinado sus ideales de izquierda con
un pragmático instinto de gobierno”.
¿Lo siguiente será regar las plantas con
bebidas isotónicas? A esta altura, todo es posible.
La confusión de las
lenguas
Trump no solo ganó con comodidad el Colegio
Electoral sino también (por un pelo) el voto popular, amén de mejores
resultados en ciudades, suburbios y pueblos rurales, con la balanza inclinada gracias
al sufragio de la platea blanca masculina. Otro sería el cantar si tan solo
hubiesen computado únicamente las papeletas de las mujeres, de las personas con
cultura media general y de la comunidad afro, según encuestas. Pero henos aquí,
cuando por primera vez en la historia norteamericana un delincuente convicto
-además de populista y demagogo- es electo para presidir el país de marras. Con
este incontestable triunfo republicano, los/as demócratas no solo pierden la
Casa Blanca sino además el control del Senado, un sopapo que los/as dejó tan
mareados/as que todavía están recalculando.
Según el New York Times, la confusión es tal
que ahora andan señalándose entre sí por la debacle ¿Será que la agenda del
partido resultó demasiado woke para el electorado promedio?, ¿que la campaña no
se enfocó lo suficiente en los temas económicos y migratorios que más resonaban
en el electorado? (la inflación interanual que tiene a tantas personas rabiando
es del 2,6 %, por cierto, ¡quién pudiera!). ¿Será que fallaron en comunicar de
manera efectiva sus propuestas para la clase trabajadora; entre ellas,
reducción al impuesto a las ganancias, mayor crédito para acceder a la primera
vivienda, ampliar el alcance de Medicare para cubrir atención domiciliaria…? ¿No
supieron contrarrestar la imagen distorsionada que impuso la poderosa
maquinaria mediática de la derecha sobre Kamala Harris? ¿Tuvo un costo político
la oscilante postura sobre el conflicto de Gaza? ¿Es que acaso dejó de
importarle a la gente la defensa a la democracia, a las instituciones, al
acceso a derechos tan esenciales como el aborto, la lucha contra el cambio
climático? Tantos interrogantes recuerdan a una frase atribuida a Bukowski: “El
problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras
que la gente estúpida está llena de certezas”.
Pasar página: un
tropezón no tiene por qué ser caída
Harto publicado que, en las filas demócratas, los
más acusan a un Joe Biden errático y debilitado por tardar demasiado en dar un
paso al costado y dejarle el sitio a quien devino la candidata definitiva, su
vice Kamala Harris. Los menos piensan que Kamala no hizo lo suficiente para
desmarcarse de la actual administración y consideran que se demoró mucho en ofrecer
entrevistas. Menudencias, visto y considerando que lo suyo fue una patriada: la
campaña -diseñada para otro candidato- arrancó torcida y, en los poco más de
100 días que estuvo en carrera, Harris hizo todo cuanto estuvo en sus manos
para encarrilarla.
“Creo que ella es más respetada que nunca
dentro de nuestro partido. La verdadera pregunta es qué quiere hacer ahora, algo
que seguramente defina en los siguientes meses”, se refirió la vicegobernadora
de California Eleni Kounalakis, aliada política de Harris, a los próximos pasos
de quien dejará su actual puesto a principios de 2025. Naturalmente, las
especulaciones están al orden del día. La primera alternativa que podría barajar
es volver a presentarse en 2028, pese a que los candidatos presidenciales
derrotados son tenidos por rengos políticos dentro de la lógica bilardista del Partido
Demócrata, como recuerdan los casos de Al Gore y John Kerry. Pero hete aquí el
intríngulis: una reciente encuesta la da por principal figura de esta fuerza
política, actual favorita para liderar el espacio, muy, muy por encima de otros
potenciales contrincantes.
Regresar al Senado no está en las cartas en lo
inmediato para Harris; esos escaños ya están cubiertos ¿Quizá aspirará al cargo
de gobernadora de California, cual sucesora de Gavin Newsom, al que le quedan
dos años más de mandato? También podría volcarse al lucrativo sector privado; como
abogada, no le faltarían clientes. Pero unirse a un bufete o grupo lobista la
alejaría de la Oficina Oval, y nada está escrito: a lo mejor quiera ser
considerada en los próximos comicios a jefe/a de estado. “Ella es una luchadora
que pelea por el pueblo. Ha contribuido y seguirá contribuyendo a mejorar la
vida de las todas personas, independientemente de su origen”, es el parecer de
Barbara Lee, de la Cámara de Representantes, que asimismo destaca “su
experiencia, su comprensión de la formulación de políticas interseccionales y su
capacidad para formar coaliciones, sin duda las mayores fortalezas de Kamala”.
Preparada, lista…
Parece que a KH también se le da muy bien
hablar francés, la danza (estudió ballet muchos años) y el arte culinario que,
aunque practica con deliciosos resultados, también le sirve de literatura: lee
recetas para relajarse. Más presta a las zapatillas que a cualquier otro tipo
de calzado, el activismo es una segunda piel para quien, ya de chicuela,
organizaba protestas en su barrio para lograr que otros peques usaran un parque
cerrado; o, en la universidad, luchaba contra el apartheid en África.
Hay que decir que KH es hija de una brillante
científica india especializada en cáncer de mama, y de un economista
jamaiquino, ambos doctorados en Berkeley, Estados Unidos, donde se conocieron.
Por rama materna, su abuelo fue diplomático y su abuela, una activista que
enseñaba a mujeres rurales cómo cuidarse y prevenir embarazos no deseados. Orgullosa
de sus raíces, Kamala se hizo desde abajo -uno de sus primeros laburos fue como
empleada de una cadena de comida rápida-, y nunca ha tirado los guantes frente
a los escollos.
Así consiguió ser la primera persona de
ascendencia negra en convertirse en fiscal del distrito de San Francisco; luego,
la primera mujer en detentar el cargo de fiscal general de California; o, en
2016, la segunda dama afro en ser electa senadora. Y qué decir del hito que
protagonizó en 2020, cuando el cántico Yes
We Kam! se escuchaba en las redes y los mítines: ninguna mujer había sido
vicepresidenta de Estados Unidos antes que ella ocupara el puesto. “Fui testigo
de cómo litigaba contra los grandes bancos y trataba de proteger a mujeres y
niños”, manifestó Biden sobre el pasado de su elegida, añadiendo que “es una
mujer que lucha por la gente menos favorecida”.
Cultora de una actitud no bullshit, Kamala también descuella en los interrogatorios, como se
pudo apreciar en 2017, cuando cuestionó al entonces fiscal general Jeff
Sessions sobre su papel en la campaña de Trump y el contacto con funcionarios
rusos (Si quedaba sombra de duda sobre la fascinación de Donald por Putin, la
despeja Angela Merkel en su libro de memorias, Freedom, donde señala cuán cautivado lo ha visto frente a
“políticos con rasgos autocráticos y dictatoriales” como Vladimir). “¡Usted me
apura y yo me pongo nervioso!”, se salió de eje un alterado Sessions al verse
acorralado por Harris, en la escena largamente viralizada.
Algo parecido pasó al año siguiente durante las
audiencias de confirmación del juez Brett Kavanaugh para la Corte Suprema: a Kamala
no le tembló la voz para fulminarlo a preguntas por las acusaciones que pesaban
sobre él por abuso sexual y su postura antiaborto. “¿Conoce alguna ley que dé
al gobierno el poder de tomar decisiones sobre el cuerpo de un varón?”, una de las
recordadas intervenciones de KH frente a muy incómodo, balbuceante Kavanaugh (que
igualmente fue designado, como lamentablemente se sabe, desempeñando un rol
esencial en la anulación de Roe Vs Wade, fallo que criminalizó la interrupción del
embarazo en muchísimos estados).
Retórica vulgar mata
raciocinio
En el acto de cierre de campaña de Trump en
Madison Square Garden, Donald y sus secuaces colmaron de ejemplos del tipo de
retórica que usan: violenta, vulgar, incendiaria, alarmista, ultrajante
inclusive, fogoneada por un mix de mesianismo y supremacismo. Vociferaron
vilipendios a troche y moche: contra las personas trans, contra Puerto Rico
(“una isla flotante de basura”), contra el Partido Demócrata (“nos llevará a la
Tercera Guerra Mundial”), contra los inmigrantes ilegales (a los que ya había
acusado de “envenenar la sangre norteamericana”)… Obvio dejaron los improperios
más filosos para la contrincante Harris, declara “un demonio”, “el anticristo”,
“una lunática y radical marxista”,
“amiga del terrorismo”, “una incompetente de bajo coeficiente intelectual”. Con
chistes burdos, volvieron a ridiculizarla por haber decidido no tener hijos (“childless cat lady”), mofándose además
de sus orígenes étnicos, lo que hace pensar que la distopía pintada por Idiocracy se quedó cortísima.