Por Tamara Kritzer
María Viau en El lugar de la cita
Alejandra Pizarnik enunció en un poema, con crudeza y
sinceridad, lo que fue vivenciando desde el encierro en una sala de
psicopatología. Nos fue llevando a su pasado, enumerando sus experiencias
sucedidas en diferentes partes del mundo y nos hizo recorrer una pequeña parte
de su intelecto, al nombrar autores influyentes, tanto por los conceptos que
aportaron como por la vida que vivieron. Pizarnik nos conmueve exponiendo su
herida abierta, su alma atormentada, que fue persuadida de tener sentido y
destino, al igual que las almas puras de la sala.
Esa sala, despejada de otras carnes de prisión,
es colmada en el corto El lugar de la
cita, por la presencia de una mujer “que profiere uno de los poemas más
terribles y hermosos” (palabras de Belén Paladino, la directora audiovisual).
María Viau, que da voz a las picantes palabras y profundos silencios escritos
por Pizarnik, durante su internación en el Pirovano, encarna acertadamente cada
frase. Entrega en sus movimientos, miradas y suspiros una interpretación que
empatiza con alguien que ha intentado nacerse sola, pero como no pudo, busca
morir.
Alejandra buscó morir y finalmente murió. También
buscó ayuda, aunque la belleza del suicidio terminó superando la de la psicoterapia
exclusivamente verbal. La vida para ella no era sino una agonía
ridículamente prolongada.
Es interesante que como lectora y espectadora de este
corto, siento cómo se me va erizando la piel y acelerando el pulso al
conmoverme por la desesperación vestida de poesía de la autora, que pudo armar
y desarmar al lenguaje, así como unió y desunió al “migo” del “comigo”
con su dialéctica supliciante. Me hace creer en el jardín de los
cuentos para niños como una esperanza posible, una salida, un lugar para la
cita, al que se puede ir con una valija de cuero color beige.
Sin embargo, como terapeuta también me atraviesa la desesperación del “furor curandis”, las ganas de convencer de que la vida tiene sentido, la idea de que el destino se descifra únicamente viviendo. Me genera una sonrisa tierna al escuchar a la actriz nombrar a los “mediquitos”, y recuerdo a mis pacientes del hospital durante la residencia. Me viene a la memoria un jovencito que una vez me dijo, de forma muy afectuosa, que creía que yo de chiquita veía “Frutillitas”. En el momento, me dio cierta gracia y ternura, y luego pensé: ¿Tan pelotuda parezco? Me sorprendió la revelación de que aún con la chaqueta blanca y el disfraz de profesional, no podía ocultar mi inocencia. Pero no por la corta experiencia clínica que a mis veintipico podía llegar a tener, sino porque evidentemente temía conectar con la profundidad de sus sombras interiores. El jovencito quería saber cómo era de chiquita, y yo no le respondí, y él dijo Frutillitas... ¿Quién se separó allí?
Pizarnik ofreció en este poema una hipótesis
etiológica de la psicopatología: la separación, aquella que experimentó Kafka.
Consideraba que lo que hizo que arrastrara su culo hasta la sala, era su enfermedad
de lejanía, su extranjería de todos, de aquellos que habitamos el espacio
profano de las sociedades de consumo.
Viau recita, frente a un espejo fragmentado, preguntas
que Pizarnik se hizo desde la sala 18, y que quienes trabajamos en salud
mental, y tenemos la humildad de permitirnos ser enseñados por cada paciente,
nos hacemos en cada encuentro. ¿Qué cosa curar?¿Por dónde empezar a
curar?¿Cómo cerrar la herida? Los terapeutas escuchamos la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje que es ofrecida mediante una supuestamente libre
asociación, dejándonos cada vez más expuestos a una herida que no supura. ¿Cómo
restañar esa herida? ¿Dónde encontrar la llave olvidada por la ciencia
psicoanalítica? Quizás para producir un encuentro, el arte sea un camino
posible. El camino de dejarnos implicar, y permitirnos compartir de forma
genuina, para construir en conjunto un nuevo lugar para la cita.
El lugar de la cita, corto que nos encuentra con la expresión
de un alma que no puede más, nos acerca, desde el encanto del arte, a
contemplar la existencia de un espacio que se vuelve tiempo, con arroyuelos de
aguas prenatales. Nos lleva fuera de nuestro espacio profano y nos conecta sin
pavura ni confusión con los murmullos de un alma que decidió silenciarse.