(Esta carta fue escrita a una amiga 10 días después del atentado contra las Torres y las casi 3 mil personas que estaban en su interior. Refleja las impresiones in situ de Moira Chas, matemática argentina residente en la zona suburbana, colaboradora de Damiselas)
Querida Lía...
Y yo que creía que Manhattan era invulnerable, inatacable desde la época
de mis fantasías infantiles en que Superman la sobrevolaba para cuidarnos...
Hay una palabra necesaria aquí: skyline, la línea del cielo. Acaso
porque el perfil de Manhattan, visto desde lejos, sugiere esa expresión. La
línea del cielo era Manhattan como el Obelisco es Buenos Aires, y aparecía ante
mí cuando Frank Sinatra cantaba con voz pastosa New York, New York.
La línea del cielo de Manhattan tenía la música de Rapsodia in Blue y
parecía tan eterna como el cielo mismo. Hoy tiene el espíritu del derrumbe y
quizás el cielo tampoco sea eterno.
En medio de la desolación, me asaltan los recuerdos de mis primeros días
aquí, cuando me parecía pura magia estar mirando la skyline recortarse entre
los árboles del Central Park. Ahora aquellas impresiones están teñidas de
irrealidad, así como tampoco termino de creerme lo que ha ocurrido.
Hay un vacío angustiante en la línea del cielo. A través de los agujeros
que dejaron los edificios que faltan, entraron las sombras más oscuras. Entró
un nuevo sentido en las palabras. Un minuto de Manhattan era un minuto
acelerado, intenso, chispeante. Un minuto de Manhattan es ahora un minuto
acongojado, de silencio por los muertos. Preguntar cómo estás, es preguntar
cómo sobrevivís al espanto; preguntar si conocías a alguien es preguntar si
algunos de tus familiares, amigos, conocidos, murió en el ataque. Ahora
Manhattan tiene sus propios desaparecidos, missing. Ahora mismo hay madres y
padres, hijos e hijas, esposas y esposos, amigas y amigos que no pueden aceptar
del todo una muerte porque no han visto un cuerpo, aunque una dolorosa certeza subyace
en el intento de negar. Manhattan está empapelada de páginas de confección
casera, encabezadas con la palabra missing y debajo una fotografía de la
persona que falta, sonriendo a la cámara, abrazando a un bebé, jugando con un
perro, mostrando con orgullo un tatuaje... Casi todos trabajaban en el World
Trade Center. Claro que no son los mismos desaparecidos pero esas palabras
despiertan en mí ecos angustiosos de un pasado que creí que solo dolería en la
memoria pero que ha vuelto a dolerme en la carne. Aparecen otras evocaciones:
en los siniestros atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA, nuestros
corazones aprendieron a escuchar el paso a paso de la búsqueda desesperada de
los cuerpos entre los escombros. Con esa memoria activada vuelvo a escuchar sobre
las operaciones de rescate.
Los turistas, esa especie que los locales suelen soportar con
condescendencia, casi no se atreven a acercarse. María Elena Walsh escribió
alguna vez que “mientras el mundo exista no se suspende la función”, pero
nuestro mundo debe haber dejado de existir porque varios shows de Broadway han
levantado sus funciones.
Vuelven mis recuerdos ligados a las Torres Gemelas, una vieja broma
entre vos y yo que ahora me provoca lágrimas en vez de risas, una foto en el
patio de la escultura que ahora es una reliquia inquietante, la librería donde
solíamos tomar café que ya no existe. Pienso en una empleada de una perfumería
del World Trade Center que casi me retó porque me había teñido el pelo de rubio
platino olvidando las cejas... Me pregunto ahora por ella.
Mientras tanto, el país se prepara para la guerra. Y yo también tengo
escrita en mis células argentinas la historia de una guerra, el conteo de las
armas y las muertes, las sórdidas descripciones de los enfrentamientos.
Entre las sombras y el horror, la solidaridad corre como un río
caudaloso. La gente que trabaja en la recuperación de los cuerpos ha recibido
más comida de la que podría comer en mucho tiempo. Hay cifras millonarias en
donaciones para los familiares de las víctimas. Pero también el odio
prejuicioso se ha despertado, reavivado. Hay agresiones contra los árabes,
atentados contra sus negocios, amenazas contra sus vidas. Los padres de ese
origen temen mandar a sus hijos al colegio, y los hispanos, si se ven
adecuadamente morochos y se visten de cierta manera, también están expuestos a
los ataques.
Dos edificios hasta el cielo se han convertido en polvo y fuego. Miles de
muertos, una tragedia de magnitud todavía inabarcable, inconcebible para todos
los que creíamos estar a salvo en Nueva York. Para mí que estuve a punto de
tomar el tren a Manhattan temprano en la mañana del 11 de septiembre...